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La voluntad de las herramientas

La voluntad de las herramientas
  • Por Clàudia Istar
  • Consultas
Cuando estaba buscando herramientas para abrir mi propio taller, entré en contacto con la familia Escribano. Nos conocimos a través de una cadena de contactos cuando yo estaba buscando maquinaria para abrir mi taller en Andorra y ellos buscaban a alguien a quien vender las máquinas que habían sido del JL. JL era un chico amigo de sus amigos, querido por su familia y amante de la joyería. Desgraciadamente murió demasiado joven, pero pudo transmitir su voluntad de que, cuando ya no estuviera, sus herramientas las aprovechara otro.

Yo tenía muchas herramientas “de mesa” como decimos en joyería. Tenía todo lo necesario para trabajar desde la astillera - la mesa de joyero - tales como sierras, alicates, pinzas, un motor de mano y otros. Habiendo trabajado con mi maestro hasta entonces, había utilizado su maquinaria. Pero a la hora de abrir mi propio taller, todavía me faltaban muchas cosas. Por eso, encontrar a la familia Escribano fue un gran alivio.

Nos recibieron sus hermanas y un par de amigos, que nos abrieron las puertas de su casa como si fuéramos de la familia. Fueron más que encantadores, y aunque estaba nerviosa, entré en esa sala que había sido el mundo de JL con mucho respeto. En aquel pequeño cobertizo donde había realizado el taller en la terraza se respiraba creatividad e inspiración. Era como entrar en la madriguera del conejo de Alicia en el País de las Maravillas. JL había convertido un espacio reducido en un taller de pies a cabeza. Con todas las herramientas al alcance de la mano y cada centímetro bien aprovechado. Lo que a primera vista parecía un espacio apretado como el cerebro de un artista, contenía en realidad un orden delicado y detallista.

Con mucho cuidado fuimos desmontando ese lugar de magia y haciendo inventario de todo lo que había. Me sorprendieron dos cosas: el perfecto estado de sus herramientas y el amor que se notaba en cómo estaban preservadas y ordenadas. En todas partes donde miraba, podía ver claro cómo JL amaba lo que hacía. Amaba la joyería con pasión y lo demostraban sus herramientas.

Hablé mucho con sus hermanas y amigos y sentimos esa conexión que uno siente cuando encuentra a otro del mismo talante. Acordamos un precio que procuramos que fuera lo más correcto posible y nos ayudaron a cargar el coche.
Entre las cosas que había en el taller de JL, había unas pruebas que había realizado en cera. Pedí a las hermanas si me dejaban que me las llevara, para hacerles dos collares.

Nos fuimos felices de haber encontrado las herramientas que necesitaba, pero también con el corazón conmovido. Montar el nuevo taller fue toda una odisea de tiempo y transportes, pero algo he tenido muy claro desde que entré en esa maravilla de taller: Hay que tesorear cada herramienta como si fuera una amistad.

A pesar de comprar las herramientas, me gusta decir que las heredé de él. Porque aunque nunca conociera a JL, sus herramientas contienen su voluntad, la voluntad de crear, de querer trabajar en aquello por lo que fueron fabricadas.

Muchas veces me encuentro trabajando y dando las gracias mentalmente a JL. Pensando "¿Qué te parece si hacemos esto?" como si estuviera aquí. De alguna manera, este desconocido compañero de profesión ha pasado a ser un amigo con el que pienso a menudo.

Gracias JL, por pensar en las herramientas que amabas hasta el final y desear que tuvieran una nueva vida. Prometo cuidarlas siempre.

Tu amiga

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